domingo, 15 de febrero de 2026

Baselitz

LA SILLA DE BASELITZ

El universo pictórico de Georg Baselitz (Kamenz – Alemania 1938) puede gustar o no, pero es de esas obras que por su intencionalidad y capacidad persuasiva hacen que nadie pueda permanecer indiferente a su contemplación.

Ubicado principalmente, creo que con acierto, en el expresionismo de larga tradición alemana, debo reconocer que le he conocido a raíz de su exposición en el Museo Bellas Artes de Bilbao y también que, pese a un indudable valor comunicativo que afecta e incomoda, me parece un tanto repetitivo.

Lo traigo aquí por tanto no ya por su valor pictórico, que también, sino por algo que me ha conmovido: la tenacidad para seguir creando a pesar de su edad y problemas de movilidad. 

En un momento en el que la creación también peligra por razones ideológicas, la insistencia casi heroica por seguir un impulso vital tan humano y primario como lo pueden ser la envidia, la empatía, el odio o el deseo, es esperanzador.

Para reflejar esta reflexión, nada mejor que transcribir el bello texto que Bernard Blistène (Francia 1955) ha dedicado a los últimos cuadros de la exposición que cuelga en el Bellas Artes.

“En marzo de ese año de 2024, lo visité en un estudio en el lago Ammer y lo encontré en una silla de ruedas de la que su asistente tiraba con una cuerda a lo largo y ancho de la superficie del lienzo, extendido en el suelo. Las ruedas dejaban surcos en el lienzo, creando huellas paralelas dondequiera que iba. Me conmovió y de inmediato recordé la historia de tantos artistas que, ante una limitación, habían inventado nuevas herramientas hasta convertirse en un cuerpo equipado, a veces en un cuerpo-máquina. Recordé el frágil bastón de Henri Matisse, el desesperado trabajo de Hans Hartung ante el lienzo, empujado por un asistente en su estudio de Antibes. Había visto esa disparatada película en la que el artista, ataviado con mono y máscara en mitad de una nube de pintura en polvo, con el sombrero calado hasta las orejas y una pistola de sulfatar en la mano, tras abandonar un mecanismo con cable demasiado pesado para su cuerpo amputado, libraba una batalla en la que el heroísmo y el agotamiento parecían fundirse, mostrando la pura vehemencia de una voluntad que nunca abandonaba”.

En mi caso por la dureza de una lengua que me parece muy consonántica, apenas conozco a cantantes y músicos alemanes, más allá de los clásicos y los tecnos, que tanto influyeron en los años setenta y ochenta del pasado siglo. Haciendo memoria creo que la primera canción alemana que escuché es "Sag warum", para llevarme la contraria un bailable lento y melódico que interpretaba un tal Camillo Felgen, cantante y letrista luxemburgués, allá por 1959.




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