miércoles, 11 de marzo de 2026

Bingo

BINGO POLICIAL EN SANTUTXU

Tratándose de un hecho aparentemente tan trivial, la prohibición de jugar al bingo en un centro de mayores de mi barrio es una espléndida metáfora del mundo que acontece.

Foto de El Correo
Pues bien, hace unos días tres ertzainas de uniforme se personaron en el local en pleno bingo y comunicaron a los usuarios y usuarias que estaba prohibido echar la partida con dinero (20 céntimos el cartón en este caso), y que si lo hacían podían enfrentarse a multas de hasta ¡¡60.000 euros!!.

Por lo que he sabido y se ha publicado la denuncia fue hecha, ¡¡línea!!, por una sala de apuestas privada y cercana, con más de treinta años de existencia. También me comentan que el bingo “clandestino”, el de los jubiletas, cumple los requisitos de buenas prácticas: no supera las cuantías de dinero establecido (50 céntimos el cartón), no tiene ánimo de lucro (se reparte o usa para fines colectivos) y según me dicen el permiso fue solicitado años ha, sin que el gobierno vasco contestara ni sí ni no sino todo lo contrario. 

Con indicios de su existencia desde el siglo XVI, se dice que su nombre y popularización se debe al juguetero Edwin Lowe, que lo vio practicar con frijoles (frijol-bean en inglés) a un grupo de lugareños en 1929. 

Lo cierto es que, quizás por su simplicidad y carácter colectivo, el bingo es la lotería de los pobres, una socialización barata del riesgo del azar, no me gusta mucho llamarle juego, aunque en este caso, el de los frijoles o los céntimos tenga más de eso que de otra cosa.

El bingo siempre se ha jugado en las casas. Era una forma de pasar el rato a cambio de unas habichuelas o garbanzos las tardes de domingo. Si se practicaba con dinero era normalmente con cantidades domésticas, irrisorias. 

Su salto social se produce con la legalización del juego de apuestas, desde luego, pero en el caso del bingo su arraigo popular tiene características especiales. Se desarrolla exponencialmente entre las clases populares, más entre las personas mayores y principalmente entre las mujeres. Se puede hablar sin temor a errar de que se trata de una actividad lúdica muy feminizada. 

Me explico. El hombre siempre ha jugado. Aún en épocas de prohibición el macho ocupaba las mesas de las tabernas y combinaba la copa de licor y el tabaco con duras partidas de cartas, dados o dominó, donde se blasfemaba, se apostaba dinero y a veces hasta el futuro. El bingo casero solo salta de la casa a la calle con los primeros atisbos de democratización colectiva, con la aparición de los centros de mayores y de los programas de turismo social, e irrumpe, como anticipaba, como una forma de juego feminizado, más plural y menos oneroso y competitivo que el propiamente masculino. Según defienden los colectivos y asociaciones de mayores el bingo comporta también entrenamiento cognitivo, memoria, atención, reflejos, uso de la tabla numérica…

Ni soy jugador de bingo ni socio del centro de mayores, que sí lo soy, me refiero a mayor, pero me siento solidario de mis coetáneos represaliados, porque la noticia contiene rasgos de guión de Rafael Azcona y película de Martínez Soria: el malvado, un negocio privado de apuestas; la policía de toda la vida entre pobres abueletes; la prohibición de una actividad inofensiva con amenaza de multa; alarma y rebelión popular…

Vuelve la caspa.

Como enfermedad y muerte son un cartón de bingo que estamos destinados a rellenar y quería volver a traer a Kevin Morby al blog, he elegido este enigmático videoclip, con una canción que suena, como parte de su obra, a una combinación curiosa entre Lou Reed y Leonard Cohen, en este caso con toques fronterizos de viento: “I have been to the mountain”

https://youtu.be/5hpZqvrYFXI