Los hubo antes pero ninguno como los que ocuparon mis horas adolescentes el verano del 68. Creo que ya no subsisten como tales en una zona de Barcelona asediada por el turismo de aluvión, y desde luego que ha tiempo que perdieron el hipocorístico de sus hijos: Candi de Candelaria e Isma de Ismael.
El nombre de los bares, como el de cualquier comercio.pequeño, de esos que desaparecen una semana sí y otra también, explica habitualmente la identidad de sus dueños. El padre de Candi e Isma, además de un avispado emprendedor que pronto cambió mostrador por gramolas y tragaperras, está claro que adoraba a sus hij@s.
Otra de las tendencias está ligada a la procedencia o al gentilicio. Imagino que algo tendrían que ver con sus dueños el Balear, el Alaska, escenario de una novela de Marsé, o el Pirineos. Como se puede ver algunos habían heredado una obligada fonética castellana.
Esa tendencia formaba parte de lo común. No había que romperse mucho la cabeza para poner el nombre propio o el apellido familiar. Así que alrededor de mi casa estaban los históricos Canadell, hace mucho desaparecido, Oller o Casajuana. En esos locales, que en algún caso ofrecían algo similar a un menú del día, trabajaba toda la familia, incluido "el petit, que quan venia de l'escola rentava plats"*, y así se mantuvieron durante más de una generación.
El Ikuste Ederra, uno de los más veteranos
En mi barrio bilbaíno de adopción ese fenómeno tenía una peculiaridad un tanto extraña, porque cierto que cerca estaban el Coruña o el O Nabo de Lugo, en una zona en la que hace años era más habitual oír gallego que euskera, pero también el Bruselas, el Copenhague y el Hannover, en un indicio, quizás, de emigración lejana de ida y vuelta o simple cosmopolitismo.
No quiere decir todo ello que los padrinos rehuyan el euskera a la hora de bautizar sus locales. Al revés. Hablamos de una comunidad en general muy orgullosa de sus sellos identitarios, desde luego que futbolísticos, el All Iron, pero también lingüísticos, aunque el camarero apenas sepa una centena de vocablos en su lengua vernácula. Así que por aquí tenemos el Baserri, el Bistegi, el Bikarregi, el Baztertxu, un Gure Etxe, nombre repetido y socorrido a lo largo del País Vasco, el Txistu o el Ikuste Ederra.
Las últimas oleadas han ido incorporando kebabs, alguna que otra franquicia y hasta un McDonald's, que en su apertura sufrió el rechazo de parte de un barrio que se enorgullece de detestar la deshumanización y el genocidio. En la esquina de casa, Carlos dejó su nombre y su salud a una familia latina. Ahora, mientras él renquea tras un terrible ictus que le ha dejado maltrecho, El Gustito sirve empanadillas y sol en la terraza exterior.
La Nueva Bodega
Los bares son páginas en blanco en las que los parroquianos escriben emociones. La Nueva Bodega, que el dueño heredó de su padre, otro gallego emigrado, es el único local que sobrevive en una calle, la nuestra, que llegó a triplicar. En una de sus paredes conserva la imagen pintada de su primera hija, que murió niña. También se perdió la única obra de Capellán que quedaba en el barrio, y ahora imagino que su fantasma pulula por la campa de Basarrate las noches de luna llena (https://charlievedella.blogspot.com/2021/05/abel-capellan.html).
Así que, antes de que dentro de unos años algún jovenzuelo se pregunte qué fue de la pareja que solía sentarse a mediodía en una de esas dos mesas, hemos decidido adelantarnos y brindar por él.
*"el pequeño, que cuando venía de la escuela lavaba platos"
José Adolfo Jiménez la compuso y múltiples cantantes y grupos la han interpretado, pero a mi gusto nadie como Chavela Vargas: “El último trago”
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