miércoles, 15 de julio de 2026

La profesora de arpa

LA PROFESORA DE ARPA

"He llegado a experimentar algo que nunca había sentido en mi vida musical: el odio hacia mi instrumento" ( un alumno de C.I, profesora de arpa en el centro público Musikene de Donostia)


Conozco a dos personas, ambas mujeres, que no volvieron a tocar el piano desde que acabaron esa carrera musical. Tal era la aversión que habían ido adquiriendo hacia el instrumento en años de estudio, prácticas, ensayo, audiciones...

Supongo que ese rechazo provenía del modelo de estudios musicales de la época, férreo, repetitivo, enemigo de lo lúdico, además de segregador en materia de género, ya que distinguía al asignar el instrumento entre hombres y mujeres, y no digamos de clase social, porque ¿quién podía tener un piano con el que practicar en su casa?

Me he interesado por este asunto al leer que un grupo de estudiantes ha denunciado a una profesora de arpa del Musikene de Donostia. El artículo reproduce testimonios y hace un relato estremecedor de sus prácticas docentes, que incluyen insultos, vejaciones, persecución, incluso daños físicos.

No tengo apenas experiencia personal sobre el tema. La más cercana, un año de guitarra con una profesora particular, refrenda una metodología muy tradicional que hizo que en todo ese año apenas aprendiera a coger la guitarra y colocar los dedos, decía la profa que para no adquirir vicios, cuando yo solo quería que me enseñara a tocar una docena de canciones, útiles para rasguearlas con los y las amigas.

El caso sí me ha recordado a la experiencia que sufrió mi hija pequeña en otro ámbito, el del ballet. Además de llevar el ritmo y la elasticidad en la sangre, la morfología física de mi hija era y es ideal para la danza, así que a los once años de edad la apuntamos en una escuela de barrio con cierto prestigio. Por lo que ocurrió posteriormente creo que las expectativas que generó en la directora fueron incluso superiores a las nuestras, aunque sí llegamos a pensar que pudiera llegar a dedicarse más adelante a algo relacionado con el baile.

El caso es que la primera directriz, ya a los pocos meses, fue que tenía que dejar el baloncesto porque podía lesionarse y era incompatible con el ballet, algo a lo que accedimos con dudas, ya que el basket también se le daba bien y reforzaba sus vínculos escolares.

Mi hija asumió ese sacrificio y la recuerdo contenta, imagino que porque pronto destacó gracias a sus cualidades físicas. Cuando su primera profesora la invitó a examinarse de nivel intermedio creo que el segundo año, a los tres nos pareció bien, aunque eso ya suponía un nuevo sacrificio: dedicar también la mañana del sábado a la preparación del examen. El caso es que a final de curso la acompañé a Barcelona, donde las examinaba una profesional de la Royal Academy of Dance y por causas diversas, entre otras una inoportuna conjuntivitis, suspendió.

Ahí entró en liza su segunda profesora, la directora de la escuela, que tomó las riendas de la preparación del segundo intento. En ese momento mi hija ya iba al instituto y los horarios la obligaban a ir de uno a otro lado del barrio y salir de la escuela de ballet cerca de las 10 de la noche. Pero eso no era lo peor. Además de las clases normales, durante dos o tres meses mi hija dedicaba todo el sábado, a veces hasta diez horas, comida incluida, al ballet.

Lo que no se ve. Pies de una 
bailarina profesional.
En cierta ocasión oímos a una conocida bailarina profesional reírse de los entrenamientos de los jugadores de fútbol, que le parecían demasiado suaves. Teniendo en cuenta lo que mi hija dedicó aquel año a sacarse el título intermedio, prácticamente el primer escalón para la profesionalización, no me parece para nada una osadía.

En fin, el esfuerzo tuvo resultado. Esta vez fue a Barcelona acompañada de su primera profesora y vino con el titulo en el bolsillo. El siguiente paso suponía un salto cualitativo y ello se juntó con sus estudios. Yo había dejado hasta ahora  un dato importante para entender mejor lo que ocurrió posteriormente, y es que mi hija, adoptada con seis años de edad, se escolarizó por primera vez con esa edad, además en un país que no era el suyo y en una lengua nueva, el euskera. Cuando algunas veces me decían que mi hija había repetido, algo que sucedió en la primaria, solía encolerizarme, porque lo que había hecho realmente era lo contrario, había cursado dos o tres cursos en uno.

El caso es que, mediada la ESO, empezó a renquear en los estudios. Tampoco acompañaron algunas de las medidas adoptadas por los docentes, en algún momento con cierta pátina de racismo, de modo que el ballet suponía un sobre esfuerzo añadido. Tras hablar con ella, y no sin dudas, decidimos que dejara el ballet hasta que acabara la ESO, una meta volante en su formación que nos parecía imprescindible.

Y bien,  tras esta disertación, que aprovecho para homenajear a mi hija, ya entonces y hoy día una mujer brava, luchadora y con la cabeza bien amueblada, enlazo con el inicio del blog, porque cuando le dijimos a la directora que no iba a seguir,  me dijo que mi hija le había defraudado y traicionado, dos verbos que mostraban una cierta y preocupante desconexión con la realidad. Le tuve que recordar que mi hija tenía 14 años y que no la podía culpabilizar porque las decisiones, como menor de edad, las tomábamos sus padres. Algo que parece evidente, pero creo que ella, en su papel de descubridora de bailarinas estrella, no llegó a comprender.

La experiencia me sirve para volver a la profesora de arpa, una "formadora" capaz de tirar las partituras a la cara de una alumna por algún error en la interpretación, y preguntarme qué hostias pasa en el ámbito de la docencia en determinadas disciplinas artístico -musicales (no sé si en este contexto es la palabra más adecuada). ¿Es tal la competencia, la lucha por la excelencia, la necesidad de triunfos, que el método más recurrente es la sobre exigencia, el sacrificio, aquí sí, la disciplina "prusiana", cuando no el abuso, la tortura física o psicológica? ¿Es un fracaso ser feliz perreando en una discoteca o tocando en un grupo de folk de barrio y un éxito sufrir ansiedad, pánico, presión pero bailar en el Royal Ballet de Londres o tocar el arpa en la Filarmónica de Berlín?

No es una debate nuevo. Hay abundante literatura o cine sobre esta paradoja cultural: la felicidad de la creación aplastada por la necesidad del reconocimiento social. Últimamente hemos visto una serie que trata el tema en términos de humor negro, "La Orquesta", pero nadie mejor reflejando el fenómeno, aunque sea con indulgencia, que Chacelle en la terrible pero excelente "Whiplash". Así que aquí su apoteósico final.

https://youtu.be/ICc3LZHCEM0